Escritores bibliotecarios

Las bibliotecas son el paraíso de los escritores, y por ello Ángel Esteban dedica su último libro a 30 grandes literatos que fueron bibliotecarios con el objeto de “luchar contra el derrotismo” frente a los que dicen que desaparecerán y a los que advierte: “Nunca acabarán con el libro de papel”.

“El escritor en su paraíso” es el título del libro de Esteban (Zaragoza, 1963), catedrático de Literatura en universidades españolas y norteamericanas, que, editado por Periférica, está prologado por el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa, uno de los grandes autores que, en algún momento de su carrera, fruto del azar o no, fue bibliotecario.

Vargas Llosa recuerda el “inmenso placer” que le han deparado las bibliotecas y piensa con tristeza que quizá sea la suya la última generación que conozca una experiencia semejante “si, como no es imposible ya pensar, las nuevas generaciones de escritores trabajarán rodeadas de pantallas en vez de estantes”.

Así, advierte, “la materia de los libros no será el papel sino el cristal líquido de las computadoras”.

En una entrevista con Efe, Ángel Esteban se muestra convencido de que nunca se podrá comparar la lectura digital con la de un libro real, “con su portada, sus páginas, su olor, su textura, su presencia física”.

A pesar de lo natural de la relación entre escritor y biblioteca, alguno de los casos que relata Esteban fueron fruto del destino y, entre ellos, subraya el del cubano Reinaldo Arenas, un “guajiro” del campo, sin educación y sin cultura, que llega a la capital y entra casi por casualidad a trabajar en la Biblioteca Nacional “y se hace escritor en ese entorno, por puro instinto literario”.

Otro de los que llegó casualmente al mundo de las bibliotecas fue Giacomo Casanova: exiliado con 60 años conoció al conde de Waldstein, que le ofreció dirigir una biblioteca en Bohemia. Ese retiro permitió al famoso seductor escribir una obra maestra: sus memorias.

En cambio, dice, hay escritores que necesitan el contacto casi físico con los libros y las bibliotecas y, por tanto, “sin ellos y sin ellas, son poco menos que parias”.

Jorge Luis Borges “siempre tuvo una obsesión” con las bibliotecas. Fueron para él “un paraíso absoluto, algo que calmaba de modo perfecto su sed de conocimiento y de placer intelectual”, pero también “un laberinto, y el laberinto peligroso era una de sus más recurrentes pesadillas nocturnas. Algo más que una obsesión”, señala.

No obstante, ha habido genios de la literatura que no necesitan el contacto tan directo con estos “lugares sagrados”.

Por ejemplo, Benito Arias Montano, el español que puso en marcha la Biblioteca de El Escorial y fue feliz recorriendo Europa en busca de los mejores tesoros. “Pero, cuando tuvo que volver a España y encerrarse en aquellos palacios como un ermitaño, sufrió una tremenda depresión”.

O el austríaco Robert Musil, que alegó problemas de salud para no tener que acudir diariamente a la biblioteca donde trabajaba.

Pero el caso más “radicalmente opuesto” al de Borges fue el de Marcel Proust. El único trabajo remunerado que tuvo en su corta vida fue el de bibliotecario, pero apenas acudía a trabajar, “mucho más preocupado por lucir su vestimenta y sus poses en los salones de París”, dice.

Ángel Esteban cuenta también cómo la literatura hizo un poco más llevadera la prisión para los rusos Dostoievski o Solzhenitsyn.

Destaca por su labor como gestores, además de a Borges, a Eugenio d’Ors, que se inventó las bibliotecas populares de Cataluña, que llegaban a todos los rincones de la sociedad catalana de principio del siglo XX; a Vasconcelos, que revolucionó el concepto de biblioteca en México; o a Menéndez Pelayo, “que dio su vida por los libros y las bibliotecas”.

Pero el mejor fue quizá, Goethe, al que considera “un prodigio que lo fue todo: escritor, científico, animador cultural en Weimar (reunió allí a los mejores escritores y filósofos de la historia de Alemania) y magnífico gestor”.

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